

El cuerpo apareció en la plaza un poco antes del amanecer. El lugar aún se encontraba desierto, cubierto solo por la oscuridad.
Los comerciantes llegaban al alba para preparar su mercancía: frutas, verduras, especias, ollas, artesanías, telas y demás. Todo aquello que la gente quisiera comprar, necesario o no. Incluso había quien vendía piedras preciosas y joyería.
La plaza circular era perfecta para los mercaderes, no había un lugar mejor que otro, así que todos podían exponer su producto sin sentir que alguien tenía mayor visibilidad. El círculo había elegido sabiamente el lugar, pensando que la convivencia entre mercaderes sería pacífica; lo lograban, algunas veces.
La primera en llegar a la plaza era siempre Loa. No llevaba una gran cantidad de productos, una que otra hierba, algunas piedras y sus amuletos en forma de artesanía. Así que no le tomaba mucho tiempo acomodar su mercancía, pero le gustaba ser la primera en llegar por la enorme paz que sentía al ser la única en el lugar. Más tarde la plaza se llenaba de gente y de un enorme bullicio, lo cual le impedía escuchar sus pensamientos. Aprovechar esos minutos sola era de vital importancia para ella.
Pero ese día todo salió mal. No vio el cuerpo al llegar, a pesar de que se encontraba en el centro de la plaza. Caminaba con dificultad, encorvada y arrastrando la pierna que le dolía como un demonio. Cada paso era un suplicio; miraba al suelo esforzándose por avanzar, contando los adoquines a su paso, tratando de distraer su mente del inmenso dolor. El frío le calaba a pesar de la gruesa capa que la cubría, a pesar de las sandalias y sus pies cubiertos por gruesa piel; sus viejos huesos crujían con cada paso, parecía y se sentía como si estuvieran a punto de quebrarse como el cristal.
Cuando por fin llegó a su lugar acostumbrado, no pudo más que dejarse caer en el pequeño montículo de piedras con un lastimero suspiro. Loa siempre miraba el suelo junto a sus pies, no levantaba la mirada y mucho menos veía directo a los ojos de nadie. No podía darse semejante lujo. Fue por eso que, cuando por fin se sentó en el montículo, vio por primera vez, desde que llegó a la plaza, el bulto en el centro del lugar. Al principio pensó que algún comerciante se le había adelantado y había dejado justo en el centro de la plaza sus costales llenos de mercancía. Miró a su alrededor sin ver a nadie; no entendía nada: ¿quién podía dejar su mercancía sin vigilancia?
La curiosidad fue más fuerte que su dolor. Se levantó del montículo y caminó muy lentamente hacia el centro de la plaza.
Colocado de espaldas al cielo, mientras su cabeza miraba con ojos vidriosos hacia su derecha, totalmente separada del resto del cadáver. Sus brazos estaban unidos al torso por jirones de piel; habían sido colocados por encima de su cabeza, con las palmas unidas en súplica silenciosa. El ataque del animal más feroz no podría desgarrar de ese modo a un ser humano.
Se encontraba en ropas de dormir, se adivinaba por los trozos de tela fina sobre el torso del cuerpo; en el cuello se alcanzaba a distinguir el emblema característico de su alcurnia.
La piel solo eran restos y pedazos colgando junto con músculo y hueso, allá donde aún quedaba algo. Podía verse cómo pendía la unión de cada parte de ese cuerpo de un pequeño trozo de carne. Parecía haber sido atravesado por enormes y antinaturales garras en cada centímetro posible.
Un gato amarrado del cuello a la muñeca del cadáver miraba fijamente a Loa, deteniendo de golpe sus intentos por escapar.
No había ni una gota de sangre ni en el suelo ni en el cuerpo.
Loa lo miraba a un metro de distancia, tapando con su gruesa capa boca y nariz, tratando de evitar el nauseabundo olor que nacía y se expandía desde el horrible cadáver. El cielo empezaba a clarear y no faltaba mucho para que esa plaza se llenara de comerciantes.
La mente de Loa se llenó de funestos pensamientos que corrían y se estrellaban unos con otros antes de ser formulados por completo:
—Lo he visto a los ojos… —Tengo que correr… —Esta maldita pierna lo complica todo… —No quiero que vuelva a suceder…
Y mientras en su mente reinaba el caos, en su corazón el miedo cobraba terreno. Lo llenaba todo poco a poco hasta convertirse en un pánico atroz, avasallador, abrumador e insoportable.
Caminó tan rápido como pudo de vuelta a su tranquilo montículo de piedras, metió toda su mercancía en el bolso de raída tela sin poner apenas atención a las pequeñas botellas de vidrio con esencias, y sin darse cuenta de cuántas de ellas se habían quebrado en su desesperación. Se dirigió a la salida del pueblo. Necesitaba irse de ahí lo más pronto posible. «Ojalá mis piernas fueran tan rápidas como mis pensamientos», se decía a sí misma con pesar y con el terrible dolor físico de cada paso.
«Pronto empezará. No puede pasar aquí.»