—¿Alguna de ellas se encuentra aquí justo ahora?
El hombre sentado frente a mí seguía sin creer todo lo que acababa de decirle. Estoy harto de que solo quiera hablar sobre el mismo punto y no haga nada para ayudarme. En este momento puedo sentir cómo inicia todo: mi vista se nubla, un hormigueo que inicia en la punta de mis dedos avanzando lento y constantemente hasta alcanzar mi cabeza haciéndola explotar de rabia.
Es un sentimiento muy físico que hace cambiar cada centímetro de mi cuerpo y al mismo tiempo es algo totalmente visceral que se convierte en un apetito voraz que soy incapaz de controlar.
Por desgracia, en mi situación actual, soy incapaz de satisfacer mi deseo.
—No estás poniendo atención —le respondo con esa voz que surge de mis entrañas hambrientas.
El apocado doctor retrocede en su asiento y me doy cuenta de que se repliega en sí mismo; su mirada evita encontrarse con la mía. Lo siento, lo huelo, me teme. Siempre he tenido ese instinto, siempre lo noto: cómo el miedo los devora cuando están en mi presencia.
—Ok, continúa con tu relato, intentaré no interrumpir —contesta él con un leve temblor en la voz que intenta ocultar pero que percibo con claridad.
Vuelvo a sentir ese placer que proviene de la anticipación. Lo saboreo a pesar de ser plenamente consciente de mi imposibilidad de lograr mi objetivo.
Respiro profundo en un intento de olvidar mis ganas. Estoy cansado, tan hastiado de hablar con este hombre. Pero debo hacerlo, debo terminar con esto si quiero recibir la ayuda que tanto necesito para que se acabe esta tortura.
—Intentaré seguir el orden cronológico, a ver si de ese modo tu pequeño cerebro es capaz de entender algo. ¿Te parece bien? Puedo ir lento para que digieras cada palabra —mi voz era ya casi un susurro. En este punto es el único tipo de ataque que puedo llevar a cabo. Insignificante, considerando las cosas de las que soy capaz.
Él solo asintió sin levantar la vista de la ridícula libreta donde de vez en cuando hacía anotaciones rápidas respecto a lo que yo le contaba.
Sin poder evitarlo, un suspiro de hastío se me escapó ruidosamente.
—Todo comenzó cuando recibí esa extraña invitación. En ese momento no lo relacioné pero, en retrospectiva, debió ser significativo que llegara justo después de mi primer… ehm… «evento», digámoslo así.
En realidad fue algo bizarro. Aún sentía la adrenalina recorrer cada centímetro de mi ser. Me sentía lleno de una extraña energía, como si ese «evento» me acabara de demostrar que soy invencible. Todo un universo me había sido mostrado. Yo lo logré, lo hice solo y había sido la experiencia más alucinante, electrizante y placentera que jamás había tenido en mis 38 años de aburrida vida. Con todo eso por procesar, metí la mano en mi bolsillo buscando las llaves, ansioso por entrar y recrear cada detalle, cada sensación, cada paso que di en mi primer «evento». Y en eso estaba cuando alguien tocó mi hombro por detrás. Mi cuerpo se paralizó al momento pero mi mente repasaba a mil por hora cada pequeño detalle de lo que hice, buscando con desesperación cualquier mínimo error que pudiera haber cometido. No se me ocurrió ninguno. Respiré profundo tratando de calmarme. Mi cabeza giró despacio mientras mi mirada buscaba por sobre mi hombro a quien me tocaba, antes de girarme por completo y quedar de frente a ese insípido y desgarbado adolescente.
De inmediato mi cuerpo reaccionó, aflojando cada músculo y sintiendo que el aire volvía a llenar mis pulmones.
En mi rostro apareció esa estúpida sonrisa que tanto parecía gustarle a todo el mundo.
—¿Qué se te ofrece, amigo? —le pregunté con curiosidad fingida. Él solo me miró y extendió ante mí un sobre de color negro, sin decir palabra. En cuanto lo tomé, él dio media vuelta y se fue, sin darme oportunidad de decir nada más.
Saqué mis llaves y entré a casa, aún mirando con una mezcla de extrañeza y curiosidad el infame sobre negro que causó todo esto.
Si lo hubiera sabido… ojalá nunca… no debí.
—Estoy cansado —le dije al tipo sentado frente a mí—. Vuelve mañana, hoy ya no puedo, ya no quiero seguir.
El “doctorcito” se apresuró a cerrar el cuaderno donde hacía anotaciones de tanto en tanto mientras yo hablaba. Detuvo la grabación dando un toque en la pantalla de su celular al tiempo que se ponía de pie y llamaba al guardia para que lo dejara salir.
El mismo guardia se acercó a mí y me esposó las manos, siguiendo su ritual de protección, ja. No tiene ni puta idea de lo poco interesante que sería él para mí fuera de aquí.
La cabeza me daba vueltas, solo quería dormir, perderme en la inconsciencia del sueño, pero eso no pasaría. Me esperaba otra noche de tortura que no soy capaz de detener.
Nada más entrar lo supe. Escondida en las sombras estaba ella, la primera, esperándome, lista para negarme el descanso y la paz que tanta falta me hacía.
«Aguanta un poco más» —me repetía mentalmente—. «En cuanto el desgraciado “doctor” sepa toda la historia, encontrará el modo de ayudarme».
Me acurruqué en la esquina más iluminada del pequeño cuarto, esperando que la luz pudiera protegerme, cerré los ojos e intenté con todas mis fuerzas taparme los oídos. Sabía que era inútil, que ella no permanecería en silencio y yo podría escucharla a pesar de todo. Sabía también que ella no sería la única.
Curiosamente, solo me dejan cuando estoy contando la historia. Tal vez debería intentar dormir mientras el hombrecito tiembla de miedo preguntándose si debería despertarme o no.
—¡Oh, no! Cállate por favor, déjame dormir aunque sea un poco, te lo suplico.
Pero tú no te callas nunca, tu voz es como un agudo silbido taladrando mi cerebro. No importa qué tan fuerte apriete las manos sobre mis oídos, no importa que me ponga la almohada encima, escucho tu lamento. Escucho tu voz preguntándome por qué en un largo y aterrador aullido.
—Basta ya de torturarme. ¡Te lo ordeno!